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Moda & Tradición Artesanal

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Cuando inició esta singladura de SillaVerde la idea de trabajar a favor de la sostenibilidad en la industria de la moda y de incorporar la tradición artesanal en este sector de negocios fue clave para determinar el rumbo que esperamos consolidar en 2018.

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Enrique Peñalosa en familia

Publicado 2014-05-10 00:00:00 | Por Rocio Arias Hofman

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Nadie como los cuentistas italianos, desde D’Annunzio, Svevo y De Amicis hasta Pirandello, para transmitir la ferocidad que suele adueñarse de la condición humana. Así sea un campesino o un hacendado, la nube de agravios que pueden llegar a padecer desciende sobre ellos implacable. En el lector, la crudeza de la descripción y la veracidad con la que los autores se refieren a la vida misma prenden una fogata que solo el humor (que también utilizan por igual) logra mitigar. A Colombia, agobiada por sus múltiples frentes urgidos de soluciones de fondo, le pasa un poco lo de aquellos personajes italianos: en algún momento acaba revelando lo peor de sí misma. En pleno fragor de la campaña electoral que precede a las elecciones presidenciales de 2014, la referencia literaria es un hecho preciso y contundente.

            Acercarse a una familia como la de Enrique Peñalosa, candidato por la Alianza Verde, permite sopesar el claroscuro que sirve de fondo inevitable a su vida cotidiana marcada por el ritmo de la política, la profesión elegida por el esposo de Liliana y padre de Renata y Martín.

            El contraste es obvio entre el silencio mullido que inunda el apartamento de la familia Peñalosa, situado a escasos metros de una de las ciclorutas -creadas por el ex alcalde de Bogotá- que recorre un buen tramo del norte de la ciudad, y el bullicio polvoriento que acompaña la caravana política del candidato a su paso por las calles comerciales de Acacías en el departamento del Meta.

            Mientras Liliana Sánchez Camejo (Bogotá, 1962) se asegura de tener suficiente dulce de papayuela y queso mozarella en la nevera, y sopa de arracacha lista para cocinar previendo la llegada de Enrique Peñalosa (Washington, 1954) de sus correrías electorales; en Villavicencio, el candidato da rienda suelta a su hambre acumulada ante un par de platos de tomates al horno con cebolla y una hamburguesa abultada a punto de desmoronarse encima de más de veinte papitas criollas, acompañado por su equipo de campaña. “Es comeloncísimo” ratifica la esposa y se dibuja una sonrisa en su rostro armonioso.

 

 

Eso sí, no importa donde esté, el jugo de lulo sacia la sed de un hombre insaciable en su empeño por lograr “Una manera distinta para vivir” en Colombia. El entrecomillado responde al título de un libro bastante avanzado que Enrique Peñalosa ve difícil terminar ahora que convertirse en presidente del país es una meta y quizá una realidad, si logra –con su partido y el electorado- superar la barrera de la primera vuelta.

Pero “Una manera distinta para vivir” -una concepción vital marcada por el urbanismo, la educación, el medio ambiente, la inclusión social y el desarrollo económico- es también el hilo conductor que ha guiado tanto la vida personal como la pública de este economista de la Universidad de Duke, con especialización en Administración Pública en París, a quien le espeta un comerciante en la calle “¡Usted no es colombiano, es de Atlanta!” Una confusión frecuente que el candidato se apresura a matizar siempre: “Soy hijo de colombianos, nací de casualidad en la capital de Estados Unidos y, cuando cumplí la mayoría de edad, renuncié a esa nacionalidad. Solo soy de Colombia”.

“Mi hijo va a ser presidente de esta república” acostumbraba a decir en voz alta Enrique Peñalosa Camargo, cuando salía a revisar el trabajo que hacíamos el equipo de la revista Desarrollo Sostenible en la sede que el CIPE –centro de investigación de proyectos especiales- tenía en una pequeña casita adscrita a la Universidad Externado de Colombia, en el barrio La Candelaria de Bogotá. A las once de la mañana, con un tinto humeante sobre su escritorio, el padre del actual político, vestido como bogotano raizal: de terno azul oscuro que incluía chaleco, pulcra corbata, camisa blanca y, por supuesto, bigote y peinado impecables, elegía contarnos un surtido de las anécdotas inimaginables acumuladas en su extensa vida de hombre público. Y siempre, antes o después, nos llegaba la mención fervorosa a su hijo Enrique “que se estaba preparando para servir al país”. Ninguno lo conocíamos personalmente, solamente contábamos con un dato adicional: que aquel hijo en el que tanto creía su padre era altísimo –herencia de su madre, doña Cecilia- y que no encontraba zapatos de su talla en Bogotá.

Todo esto sucedía en 1996. Quince años antes, en 1981, Enrique Peñalosa hijo se estrenaba como profesor de Economía en esa misma universidad en la que trabajamos con su padre. Una alumna se fijó en él nada más verle y supo dar con su teléfono, a través de Julián, hermano de Enrique. Se trataba de Liliana, una estudiante nacida en Bogotá pero criada hasta los diecisiete años en Caracas por cuenta de su familia materna venezolana (en la que la vena política tomaba forma desde el abuelo César Camejo Oberto, cofundador del partido AD). Esa Bogotá ochentera, todavía rancia y conservadora, de escasos restaurantes (Eduardo y La Fragata), discotecas (Unicornio) y cafés-librería (apenas el Oma de la carrera 15), en la que las mujeres se vestían con faldas plisadas y medias veladas para asistir a las clases de la universidad, tensionaba mucho a Liliana. Enrique fue una aparición para esta mujer de jeans, camiseta y tenis a la que le gustaba patinar. Alguien de aspecto y espíritu afín al mundo cosmopolita del que ella provenía. No se lo pensaron dos veces, ni él ni ella. En tres meses se ennoviaron y en 1982 se casaron pues “Enrique no iba a hacer visita de sala en casa de mis papás ni loco” confiesa Liliana quien con solo dieciocho años tomó dos decisiones: darle el sí al hombre mechudo, desbaratado “siempre ha sido así”, fresco y apasionado para hablar que le proponía matrimonio. El mismo al que acompañaba a vender tomates en un Renault a las afueras de Carulla cuando Enrique se empeñó en cultivar un producto que pudiera calificar para exportación. Además Liliana trasladó sus estudios al CESA para evitar conflictos en el Externado. Desde entonces han pasado treinta y tres años.

El hogar que han formado habla por ellos. Un par de figuras asiáticas compradas en aquel viaje a Vietnam; vajilla práctica y económica de Ikea; sofás tapizados en portentoso terciopelo violeta hallado en otro viaje; tres retablos en hojilla del artista Pedro Ruiz que retienen tres instantes de las amapolas, esas flores que solo viven un día, sobre la chimenea; la habitación de la pareja al lado del salón “¿qué me importa la cercanía y que la gente entre aquí si a nuestra casa solo vienen personas que queremos?” cuenta en voz alta Liliana; novelas históricas sobre la mesa de Liliana; fotos y documentos, algún libro sobre colonizadores antiguos, organizados sobre la mesa de Enrique; una pared forrada en piel teñida de naranja; la habitación solitaria de Renata quien hace solo unos meses se independizó y la habitación de Martín de la que sale un murmullo divertido: el hijo que estudia décimo de bachillerato en el colegio Anglo-Colombiano conversa con un amigo. Una lámpara italiana de bolas acrílicas parece balancearse sobre la mesa del comedor. Liliana la señala insistente “Enrique prefiere pensar que es de Chapinero y no se fija en el diseño”.

 

La mesa

            En cualquiera de los rincones que han ido construyendo (Nueva York y Bogotá), según el vaivén laboral de Enrique Peñalosa, la familia lleva consigo una rutina: reunirse alrededor de la mesa, por la noche. Sobre todo los domingos, día en que Liliana prepara infaltables sándwiches de lomito para conversar. “Como Renata pidió una licencia en la agencia de publicidad donde trabaja para ayudar a Enrique en el área de comunicaciones de la campaña, les pedí a los dos que no invadieran este espacio con temas de su día a día. Lo están cumpliendo” asegura Liliana que confiesa el gusto inmenso que siente por la elección que tomó al formar pareja con un hombre al que la calle le pica tanto que no hace sino estar en ella. “Decidí ocuparme de la casa y esta manera de cuidar a mi familia. Enrique es el proveedor y yo me ocupo de que todo lo demás funcione. Esa división de funciones fue algo natural con nuestros gustos. Somos de carácter fuerte ambos y así definimos nuestros espacios” desgrana Liliana mirando por la ventana que recibe el atardecer desde el costado sur del edificio.

            Al interior del carro blindado asignado al candidato, Enrique Peñalosa le recomienda al fiel capitán Felipe que le acompaña como jefe de su esquema de seguridad que ajusten la temperatura del aire –afuera los treinta grados de la tarde se están tornando en vapor por cuenta de la calefacción-. Precisa un par de citas y programa la visita a la sede de la campaña en Villavicencio con el eficiente Jaime Prieto, su gerente en esta región del país, al que le suelta “haga conmigo lo que quiera, como si yo fuera un talego”.

El sol también cae magnífico en esta llanura generosa y verde donde la gente manifiesta una y otra vez su angustia por la creciente extorsión que se padece en la zona. Enrique Peñalosa lleva una pequeña agenda de papel cuadriculado y anota algunos números, breves palabras. Sus largas piernas se pliegan contra el polo verde que viste y contesta: “Liliana está muy bien informada y tiene buen criterio y olfato. Ninguna decisión importante la tomo sin consultarle. Sin embargo, no me gustaría que participara activamente en la campaña. Lo mejor ha sido que la casa y los hijos hayan funcionado tan bien, mientras yo me dedico a esto otro. Como político estás en contacto con todo el mundo y toca ser carismático, con la esposa delante quizá te inhibes. Luego te regañan, ¿no?” y lanza una larga carcajada, recordando sin duda las miles de fotos y manos que se toma y estrecha durante el recorrido.

            El candidato tiene buen genio, solo al filo de la medianoche –mientras conversa con el agobiado alcalde del municipio de Lejanías en mitad de una calle- se le frunce un poco el corte que tiene sobre la ceja izquierda y le pide a Ana Milena, su joven asistente, que inicien retorno al hotel. Al día siguiente debe levantarse a las cuatro de la madrugada para asistir a una intensa ronda de medios regionales. “Espero que se haya quitado los puntos de la brecha que se hizo con el filo de este armario cuando se levantó el otro día. No quiso prender la luz para no despertarme, ¿te imaginas? Iba a  montar en bicicleta” cuenta Liliana en Bogotá. Sí, Enrique Peñalosa pudo retirarse los puntos de una herida que casi trastoca el plan de rodaje de comerciales de televisión que tenían previsto. Pero como todo lo que sucede con ellos, se resolvió el impasse con buenas dosis de humor y frescura.

 

 

            En su presentación de TED Talks que muestra Youtube, las más de 650.000 que lo hemos visto oímos cuando asegura “antes de lograr que hubiera sitio suficiente para la gente en lugar de para los carros en Bogotá, yo tenía el pelo negro. La realidad no es tan bonita como mis sueños”. Sí, a Enrique Peñalosa y a su familia les han sucedido cosas definitivas debido a su vocación: él tiene el pelo y la barba totalmente blancos (como su padre al que apodaban curiosamente “Muñeco”) y las palabras que marcan su ideario político hoy se escuchan con naturalidad en boca de cientos de personas que se suman a su caravana: cero a la corrupción, nada de politiquería, transparencia. Renata y Martín no quieren saber de desplazarse en carro particular y prefieren el bus y la bicicleta. Liliana está lista para trasladarse al Palacio de Nariño de una manera pragmática “alquilaría nuestro apartamento para ahorrar mientras tanto pues sería “pecado” tenerlo abierto mientras tenemos asignada una casa oficial durante cuatro años”.

            El hombre que encontró en la consultoría internacional sobre urbanismo y desarrollo de las nuevas ciudades un trabajo alterno a su carrera política, plena de altibajos, reivindica los dos extremos que le caracterizan: “me gusta la naturaleza tanto como la ciudad más densa. Pienso en las dos en simultánea. Estoy bien con mis amigos pero también solo cuando salgo oyendo música en la bicicleta. Podría haberme quedado tranquilo viajando como consultor a distintos puntos del planeta pero, me resistí a que me sacaran a cachuchazos de mi propio partido y propuse hacer una consulta a los colombianos sobre su candidato a la presidencia”. Para Liliana el ritmo frenético que lleva su esposo no es una sorpresa del momento político porque “todo lo que hace Enrique lo hace full choleado –como dicen en Venezuela-, a fondo”.

           El viaje iniciático

            Antes de convertirse en el secretario privado del presidente Virgilio Barco; de trabajar en el Acueducto de Bogotá, en ANIF o en Planeación de la Gobernación de Cundinamarca; mucho antes de ser Alcalde y de haberle dicho no y no a los presidentes que le ofrecieron ministerios en los últimos años; Enrique Peñalosa realizó un recorrido a pie durante cuatro días, en solitario, que hoy sirven de particular alegoría para desentrañarle a él y a la familia que formó con Liliana.

            1976. Como estudiante temporal en la Universidad de los Andes en Bogotá, Enrique Peñalosa aprovechó una semana de receso para emprender una caminata difícil, temeraria e intensa. Partió de la cordillera oriental, entre La Calera y Sopo, durmió en el área del Chuza, estuvo a punto de despeñarse y con un fuerte golpe en la rodilla llegó al municipio de San Juanito (“un lugar insólito a 40 kilómetros en línea recta desde Bogotá y donde la gente no había visto un carro en su vida”). Desde allí siguió hasta Monfort, colgado en el cañón del Guaitiquía, y una noche, a las 7.00 p.m. entró por su propio pie a Villavicencio.

¿Por qué lo hizo? Enrique Peñalosa desvía la mirada a los corazones de hojaldre que come rápidamente en el aeropuerto La Vanguardia de la capital del Meta. Habla de su vida independiente desde los dieciocho años, de la entrañable amistad que de adulto logró con su padre, de su capacidad para “aguantar de todo. En eso soy muy bueno” y acomoda su mano derecha, la que tiene dos dedos lastimados por jugar con pólvora en su infancia, en un gesto que va siendo característico en él: sobre la cintura, como para sostener esa humanidad inmensa que le vale para destacarse entre la multitud pero que también le ha valido suspicacias y desprecio por cuenta de un físico hermoso, también herencia de su madre. Un insulto en el mundo de los machos alfa que pueblan el terruño en el que se mueve por estos días.

            Como todo político con ambiciones, Enrique Peñalosa reparte no solamente su tiempo sino su dedicación emocional entre dos familias: la biológica que formó por decisión propia y la adoptiva que fue cultivando durante años como servidor público. En este segundo círculo íntimo figura con luz propia Guillermina de Castro, “Guille”, una mujer llanera cuyas únicas debilidades parecen ser su voz frágil y su devoción ilimitada por el hombre que triplica su estatura. “Guille” es una suerte de abuela que Enrique Peñalosa tiene la fortuna de tener a su lado desde que emprendiera su primera campaña a la Cámara, puerta a puerta, en 1990. Le ha manejado su agenda durante años, atiende a cualquiera que se acerca con inquietudes al candidato, está atenta de las solicitudes que llegan a la campaña, responde cariñosa a todos pero al tiempo despliega con pericia esa suerte de antena “tan Peñalosa” que logra detectar aduladores y politiqueros a distancia. “Me alegra que Renata se haya vinculado a la campaña, a la gente le gusta encontrarse con ella. Enrique la llevaba sobre sus hombros de chiquita por todos los barrios de Bogotá. Y cuando se acabó la Alcaldía, la envió a Canadá para evitarle aquel proceso de la revocatoria y de los insultos” recuerda “Guille” en plena calle, bajo una fina llovizna propia del pie de monte llanero.

 

 

            Liliana, en su casa, dobla un par de camisas y de polos, unos pantalones de dril y escoge unos zapatos flexibles. Son para la siguiente correría que emprenderá Enrique Peñalosa en la recta final de la campaña. “Es austero. Si no fuera por mí, no estrenaría nada” dice la mujer que protege y cuida al hombre del que se tragó por completo hace tres décadas. El último resplandor del día corre, mientras tanto, por la cordillera, al ritmo del agua que se vuelve lorquiana. Unos hilos de plata sobre Colombia.

Publicado en la edición impresa de la revista Diners, mayo de 2014.

Junio

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BOGOTÁ FASHION WEEK (Bogotá): 24 al 27 de ABRIL

MODA 36O con IDENTIDAD (BFW Bogotá): 25 y 26 ABRIL

COPENHAGEN FASHION SUMMIT (Copenhagen): 15 al 16 MAYO

EXPOARTESANO (Medellín): 29 de JUNIO al 8 de JULIO

COLOMBIAMODA (Medellín): 24 al 26 de JULIO

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Sección dedicada a las reseñas de libros cuyos autores tratan asuntos directamente relacionados con la industria de la moda o temas que resultan seductores abordajes a propósito de la estética, la indumentaria y su efecto social, económico, ambiental y político. Leemos con pulcritud y reseñamos obras de variados géneros. Ficción y no ficción cuentan con este espacio en SillaVerde.

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Sobre la autora

“Esta revista digital la elaboro en Bogotá, la ciudad asentada sobre una silla verde, tal como sugiere el escritor Germán Arciniégas al referirse a las montañas orientales que la resguardan.”

ROCIO ARIAS HOFMAN es politóloga y periodista en radio, prensa, televisión y medios digitales. Nació en Madrid y vive en Colombia desde 1994.

En 2012 crea sentadaensusillaverde.com para investigar, escribir y publicar historias sobre la industria de la moda. Sus piezas periodísticas aparecen también en El Espectador, Fucisa, Diners y Vogue Latinoamérica. Participa en conversaciones, foros y actividades académicas. Jurado de los Premios Cromos de Moda 2014; Premios de Diseño Lápiz de Acero 2015, categoría Moda; Premio Festilana 2016; "Se busca diseñador Fucsia" 2016 y 2017. 

En 2017 lanza la plataforma audiovisual La vida animada en el canal Youtube en alianza con la firma Expor Mannequins.

Como empresaria funda la compañía SILLAVERDE SAS y la agencia Relatos a fuego lento, enfocadas en la creación de contenidos de moda con énfasis en sostenibilidad y tradición artesanal. Consultora de Artesanías de Colombia desde 2015. Dirige el ciclo de debates MODA 360 de la Cámara de Comercio de Bogotá desde 2015.

En la actualidad, cuenta con un equipo integrado por la periodista y literata ADELA CARDONA y por LEIDY DÍAZ, asistente administrativa. Trabaja siempre en alianza con otras empresas y especialistas de la economía creativa en el desarrollo de nuevos proyectos.

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La identidad colombiana es el hilo conductor de la segunda versión de Bogotá Fashion Week organizada por la Vicepresidencia de Competitivida de la Cámara de Comercio de Bogotá. Esta plataforma de negocios de moda ha hecho un proceso de curaduría y formación con los diseñadores elegidos para presentarse en pasarela y performance de vestuario, joyería, marroquinería y zapateria. 

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