cabezote
cabezote

Moda & Tradición Artesanal

La construcción de una relación virtuosa entre diseñadores y artesanos es un reto para Colombia. Todos debemos aportar para que este sector se fortalezca en la mejor dirección.

Valores de SillaVerde

Esta revista digital pertenece a la compañía SillaVerde en Colombia. Cuatro colores identifican las actividades y valores de la marca: Periodismo (humo) + Moda (lila) + Economía Naranja (durazno) + Sostenibilidad (verde) Contacto: info@sillaverde.co

LABOR CONSTANTE

Como consultora del Programa de Moda y Joyería de Artesanías de Colombia, Rocio Arias Hofman realiza talleres dirigidos a comunidades artesanas en sus lugares de origen y fomenta la plataforma comercial MODA VIVA.

Nuestros proyectos y propósitos

Cuando inició esta singladura de SillaVerde la idea de trabajar a favor de la sostenibilidad en la industria de la moda y de incorporar la tradición artesanal en este sector de negocios fue clave para determinar el rumbo que esperamos consolidar en 2018.

Moda Viva

Como consultora del Programa de Moda y Joyería de Artesanías de Colombia, Rocio Arias Hofman realiza talleres dirigidos a comunidades artesanas en sus lugares de origen y fomenta la plataforma comercial MODA VIVA.

KARL LAGERFELD

EL FIN DE UNA ERA Karl Otto Lagerfeld (1933-2019) se ha ido con varios capítulos históricos no solamente vividos en la moda sino protagonizados por él mismo.

fb
EL MALPENSANTE DE RUVEN AFANADOR

Publicado 2019-08-09 00:00:00 | Por Rocio Arias Hofman

foto

Una edición especial de la revista El Malpensante dedicada a Ruven Afanador, el fotógrafo colombiano más reconocido en el mundo.

RUVEN AFANADOR, HETERODOXO

Por Rocio Arias Hofman

La última conversación que iniciamos con Ruven Afanador comenzó en 2016 y a la fecha no se ha interrumpido. Ha sido un raudal permanente: hemos charlado a la espera de una canoa sobre la ribera del río Amazonas; caminando sin rumbo preciso por calles de cemento resquebrajado; en la sala de espera de aeropuertos a medio hacer; por señas, en algún restaurante o helicóptero; en boutiques de diseñadores de moda; mientras abrimos regalos mutuos; después de los talleres citadinos en los que Ruven se convierte en docente de decenas de alumnos universitarios; mientras concibe el plano preciso para retratar a jóvenes indígenas tikunas, con un trasfondo de pinturas rupestres, en Guaviare; a través de una cascada de chats de WhatsApp; probándonos sombreros de copa; ante un puesto callejero de máscaras de carnaval; a orillas del río Piendamó en el Cauca, y en los descansos breves de las sesiones de fotografía que realizó en la antigua Estación de la Sabana de Bogotá para la serie que alimenta esta edición especial de El Malpensante. También nos hablamos sin saberlo cuando Vogue(Latinoamérica) resolvió en 2014 dedicarle su portada a María Clemencia Rodríguez, esposa del entonces presidente Santos, y solicitó a Ruven Afanador los retratos fundamentales mientras yo recibía el encargo de escribir el perfil de la primera dama.

Además, haber estado presente y en silencio durante múltiples conversaciones de Ruven con otras personas en quienes confía ha sido fundamental para comprender los matices de la sombra heterodoxa que proyecta este hombre, descrito certeramente por la actriz Marisa Berenson como alguien con “innate creative talent and unlimited imagination”.

Pero tantas conversaciones no han sido suficientes para llenar los vacíos de su historia. Por ello, Ruven y yo nos citamos formalmente para dos largas sesiones de entrevistas en mi estudio de Bogotá, en agosto de 2018. Abordamos la conversación con un método riguroso, un reto para ambos, pues hay que poner de lado las divagaciones propias de la charla entre amigos para abordar en orden temas claves de su trayectoria.

Durante la segunda entrevista, la tarde del 25 de agosto, mientras el sol descendía, Ruven, sentado de espaldas a la ventana, quedó esbozado como una repentina sombra de sí mismo. Desgranaba frases con su habitual forma de hablar: una voz queda, cadenciosa, reflexiva. Su silueta inmensa vibraba, coronada por la cabeza ovalada y limpia de monje tibetano; su cuerpo cubierto por la negrura de las prendas del diseñador de moda, Rick Owens (la ropa negra y confortable que usa siempre y que parece una forma de contención, una armadura). Sus manos, con las que acostumbra hablar en un aleteo progresivo, jugueteaban con los cordones blancos del amplio saco deportivo. 

Entonces le lancé estas preguntas:

–¿Cómo distanciarte de ti mismo mientras una persona resuelve desnudarse, literal o simbólicamente, ante ti? ¿Cómo involucrar en el juego sus ideas más hondas con los principios de tu arte? 

El fotógrafo, nacido en Bucaramanga el 22 de octubre de 1958, medita. La respuesta llega, sí, pero hay un episodio anterior que quizás ilustre mejor la inquietud y su solución. 

 

El grillo

En Calanoa, refugio creado por el investigador y artista bogotano Diego Samper en el kilómetro 60 del río Amazonas, un desayuno trivial en octubre de 2018 se interrumpe por la aparición de un grillo amazónico de tamaño amedrentador. La selva apremia con el ruido permanente de los insectos. El grillo se posa cándido sobre la tela blanca que recubre el comedor. Ruven acaba de apurar el café de la mañana y repara en el insecto que se desplaza orondo bajo nuestra mirada. Orientado por Diego Samper, Ruven sigue el recorrido pausado del animal sobre el algodón y acepta su comentario:

–Vino para quedarse.

Afanador toma entre los dedos el bicho, que se queda quieto por unos segundos y luego emprende camino con una paciencia insultante por el antebrazo, los bíceps, el hombro, la oreja y la cabeza rapada del fotógrafo colombiano. Ruven no se inmuta; contempla y sonríe. El grillo trepa a gusto por aquella fisonomía y se instala justamente sobre su frente para convertirse en insólito comandante del barco mental de Ruven. Nadie dice nada. Miramos. Sin embargo, el hombre grande que fue pianista de niño tamborilea en la mesa, con sus dedos extensos, para mitigar el nerviosismo. Ni una palabra. Ese grillo manifiesta, sin un cri-cri, que no tiene miedo de estar sobre la imponente frente húmeda de Ruven, que se deja hacer.

En Torero,el primer libro publicado por Ruven Afanador –un proyecto personal ajeno al vértigo de la industria de la moda, donde tan rápido logró hacerse un espacio propio–, novilleros, matadores y mozos de espadas de Perú, Colombia, México y España se rindieron ante el lente de su cámara para dejarse retratar en los vericuetos de las plazas de toros, muchas veces a medio vestir. Ruven logró que posaran con la confianza de aquel grillo que se paseaba sobre él. Con esa misma temeridad a la que alude el escritor Héctor Abad Faciolince en el prólogo del mencionado libro:“Pero, ¿quiénes son estos muchachos que anhelan tutearse cada tarde con la muerte?”.

Noel Pardo es uno de aquellos jóvenes que participaron en la sesión de fotografía realizada en 2000, en los corrales de la plaza de toros La Santamaría en Bogotá. En esta selección descrita por John Galliano como los retratos de “una nueva raza de los toreros”, Noel sobresale al aparecer en 21 imágenes. En una imagen, su cuerpo limpio, escueto y trabajado luce portentoso mientras sostiene las astas de un toro sobre sus nalgas descubiertas. En otra, Noel, sentado de perfil –asombrándonos con su silueta delgada, sin chaquetilla ni taleguilla–, apenas cubre su cabeza con una montera negra, pero muestra su rostro imberbe. Y de ahí en adelante... Noel con las medias de seda rosada de los toreros, descubriendo su pubis y su sexo... Noel deslizando una banderilla sobre sus muslos frescos y tersos... Noel apenas calzando zapatillas negras y medias de algodón blancas mientras porta un capote de paseo refulgente en plata... Noel soberbio como un toro de casta. Tenía apenas 18 años aquel novillero. Hoy, dos décadas más tarde, lo encuentro convertido en matador y en empresario taurino por cuenta de las cornadas que inflige su oficio, y señala con una memoria intacta:

–Ruven llegó a la plaza de toros muy temprano en la mañana con un señor y nos hicieron un casting. Nos dijeron que eran fotos artísticas; yo no tenía idea de qué era eso. En los toriles me pidió que me quitara la chaqueta, la camisa, ponte así y allá. Fue un trabajo arduo de varios días. Cuando me pidió un desnudo, quedé sorprendido. Luego me enteré que Ruven era muy famoso. Fue muy decente y respetuoso, y me pagó muy bien. Confieso que a raíz de esas fotos mi carrera se vio afectada porque cuando mis apoderados vieron esas fotos me dijeron: o torero o modelo.

 Cuando le pregunto por la reacción de su padre, Cristóbal Pardo, “el Cordobés de los pobres”, un torero muy reconocido en las plazas colombianas, Noel me aclara:

–Esta es la hora que mi papá no sabe todavía de esas fotos. Supe que si le decía me iba a regañar; él es un hombre de un carácter muy fuerte. No fui consciente de estar rompiendo un tabú. Lo hice muy tranquilo y despreocupado. Sentí confianza en Ruven y su equipo, sentí que podía fluir en las fotos. La verdad, después del lanzamiento, a pesar del escándalo, me sentía orgulloso y creído con esos retratos. Ahí sí me di cuenta que no era un libro cualquiera.

Ruven Afanador comparte la audacia de los matadores. La difícil Nueva York de los noventa fue la ciudad que lo catapultó a la fama. Una década atrás, Peter Erhardt, su profesor de fotografía en Michigan, se había encargado de tallar la premisa de su carrera: “Estoy casi seguro de que nunca vas a encajar allí”.

Hoy en día Ruven replica:

–Es lo mejor que me podría haber dicho porque me recuperé de lo que me vaticinó. No sé, su frase me afectó de manera opuesta a lo que él pretendía.

Sus padres y sus tres hermanas se trasladaron a Washington a finales de los ochenta, luego de vivir en Harbor Springs, Michigan, adonde habían emigrado en 1973 desde su natal Bucaramanga en busca de mejores horizontes. Tras su familia, llegó también Ruven a la capital de los Estados Unidos y se arriesgó a abrir un pequeño estudio. 

–¡Cómo le costó conseguir sus primeras cositas! –recuerda Isabel, su madre, que a sus 93 años luce espléndida y conversa lúcidamente. La he llamado para que me cuente más detalles sobre su hijo.

Como estudiante en Michigan, Ruven había viajado a Washington para una tarea y conoció las calles de Georgetown, el barrio universitario chic de la ciudad, donde anduvo detrás de las mujeres paseantes. Con la mirada gacha, Ruven capturaba en fotos las medias veladas de moda en ese entonces, rematadas con una costura que les trepaba por el lado posterior de sus piernas.

–Qué increíble era ver algo así. De todas formas no me atrevía a fotografiar a esas mujeres por delante. Sentía demasiada timidez –comenta.

Poco después de abrir su estudio en Washington, donde sí podría tomar fotos de frente, Ruven desoyó el mal augurio de Erhardt y optó por probar suerte en Nueva York. En esa ciudad recibió un consejo de un maestro que esta vez sí resultaría crucial: Ruven decidió entrenarse como fotógrafo en Milán.

–Me dio tristeza que se fuera –relata Isabel–. En Italia primero vivió en un hotel humilde, y poco a poco comenzó a conseguir clientes. Fue una época difícil para él porque no tenía suficiente dinero. Yo le enviaba lo que podía, 200 o 300 dólares. 

Una joven modelo italiana se convirtió en su primer apoyo al darle alojamiento. Un estudio, claro está, no era posible obtenerlo sin recursos. Sin embargo, allí, ante los tejados de barro de Milán, es posible que Ruven Afanador sintiera en carne propia la fascinación de Irving Penn por los sitios rústicos:

–Advertí que mi atracción por las paredes decaídas, por los espacios solitarios, tenía relación con mi niñez y, además, eran el único trasfondo en que podía hacer mis fotos.

Cecil Beaton, ilustrador, fotógrafo y cronista excepcional de la moda durante la primera mitad del siglo XX, habla en su libroEl espejo de la moda de la “hojarasca disipable” que existe en los espacios donde se van a tomar fotografías. Ruven Afanador sabe hallar lugares aparentemente ariscos para domarlos, como el grillo que se instaló en su frente aparentemente hostil. Haber elegido los corrales y no el ruedo en La Santamaría para realizar la serie de Toreroen Bogotá tiene que ver con esto. Indagar y observar en silencio, no despreciar los marcos naturales y menos expuestos, son características que marcan a Ruven. 

Por otra parte, su ambición resulta ilimitada porque se alimenta de  “el deseo de que a uno lo quieran más...”. Así se refiere Ruven a lo que recibe del público. Afanador acepta lo competitivo que es, pero sobre todo la ansiedad que siente con la búsqueda de que todo salga según sus parámetros de perfección, aquellos que seguramente le han procurado la fama que cuida y alimenta. Lo cierto es que cuando Afanador pide algo específico de sus retratados –bien sea Lenny Kravitz, Oprah Winfrey, Iris Apfel, Gabriel García Márquez, los Jonas Brothers, Debra Messing, Patricia Arquette, Selena Gomez, Joanna Kulig, Amber Heard, Ryan Murphy, Pat Cleveland, mujeres del flamenco, toreros o el mismísimo dalái lama en su habitación privada– acaba por obtenerlo.

–Esto es un ring, solo te bajas cuando tienes lo que deseas –dice en una voz baja que no se compadece con su tamaño.

Ruven intimida también con sus silencios. Sin embargo, su ser pacífico logra que sus modelos bajen la guardia invariablemente. Incluso las altivas y hermosas mujeres wayuus que habitan La Guajira. Y su técnica del retrato, bien sea en estudio o en exteriores, es prácticamente la misma: una ecuación en que la luz natural (replicada, cuando se requiere, por luz artificial y no al revés), los fondos sobrios, descubiertos, y el personaje en primer plano acaban por desarmar psicológicamente al retratado para que le ofrezca todo al fotógrafo. 

Aún veinte años después, Noel Pardo recuerda la percepción que tuvo de Ruven del otro lado de la cámara:

–Un tipo muy callado. Pausado, respetuoso, profesional, cordial. Nos colaboraba mucho indicándonos cómo quería las fotos. Me decía que fuera sutil y elegante como lo era en mi profesión. Indicaba qué expresiones de la cara debía hacer, gestos que fueran casuales, que moviera la mano... Me dibujaba cada foto.Me acuerdo de tantos detalles porque esos desnudos me marcaron hondo: los empresarios Gutiérrez dejaron de apoderarme desde entonces.

SobreTorero, Ruven dice:

–Ese libro no existiría si yo no hubiera sentido una atracción increíble por los matadores, por sus cuerpos, sus pieles y su narcisismo. Está también la feminidad que le imprimen a su arte.

Lo cierto es que nadie se siente igual después de ser retratado por Ruven Afanador. Vanessa Gómez, docente de diseño, artista y exintegrante de la dupla de diseñadores A New Cross, alude a un retrato tomado en una sesión exprés en el evento de moda BCapital 2016:“Cuando atravesé la malla que nos separaba del público, Ruven me saludó, cálido, y con una mirada atenta. No recuerdo si fue él mismo quien me lo propuso o alguien más me hizo llegar sus palabras. No tuve problema en aceptar la sugerencia de raparme inmediatamente. Confié en la visión de Ruven y di un sí muy natural”. 

En ambos casos, y en el resto de su trabajo, la anatomía desnuda o vestida de sus personajes hila la relación entre estos, el fotógrafo y su comprensión del oficio: 

–La historia de la fotografía y, en cierto modo, la de la pintura, son la historia de cómo ha sido considerado el cuerpo. Yo quería inscribirme en esa tradición –concluye Ruven.

 

Una danza silenciosa

 

The more I looked the longer I stared. The longer I stared the more I followed. The more I followed the less I judged… For me, Ruven Afanador opened a door marked “Do not enter”. Diane Keaton, prólogo de Ángel gitano.[i]

 

Al occidente de Bogotá, en medio de un lote extenso cubierto por pasto verde desmelenado, una vía abandonada de tren y un par de vetustos edificios que dejan ver una relativa belleza, se encuentra una carpa de circo asolada por los aguaceros. En su interior, ensayan disciplinadamente los jóvenes que integran la escuela circense Circo para Todos. Acróbatas y contorsionistas se turnan en el escenario para probar sus números. Lucen vigorosos y exultantes, como si les estuviéramos viendo en función de estreno. 

Ruven Afanador quedó encantado con este emplazamiento desde que estuvo aquí dictando un taller para los alumnos de dos universidades bogotanas, consistente en hacer sesiones fotográficas en vivo para editoriales de moda. Aquí ha regresado para realizar unas secuencias de la serie sobre Colombia y sus artistas que publica esta edición de El Malpensante: las de ChocQuibTown y Aterciopelados.

Al interior de una de las pequeñas carpas habilitadas como camerinos, el artista Felipe Cuéllar –enrolado por Ruven en su equipo de confianza– ejerce su tarea dotando de vestuario y atención a la sesión en la que Gloria Emilse Martínez –“Goyo”, vocalista de ChocQuibTown– funge de lo que es: la reina del combo. Las maximizadas pelucas afro de color trigo reposan en un rincón. El traje confeccionado para la diva musical, hecho de yute y concebido por la diseñadora Olga Piedrahita, pende de un gancho. Ruven entra en escena y con gestos precisos ensaya fotos con su celular. Con un solo gesto, un dedo que señala a la izquierda, logra que la cantante y compositora voltee en esa dirección su rostro perfecto.

–Muévete así –dice él, y Goyo bandea su cuerpo como una ola del Pacífico. La intérprete se sonroja cuando le pregunto por las hileras de joyas marinas colgadas de su inusitado vestido.

–Es la primera vez que uso perlas –susurra.

Llueve levemente, así que el equipo de producción despliega los paraguas. El fotógrafo mexicano Mario Jiménez, asistente clave del equipo base de Ruven Afanador en Nueva York, muestra su pericia mientras trabaja en tándem y se sitúa a escasos veinticinco centímetros de Ruven para ejecutar la sesión en una plataforma exterior. Comienza la danza.

–Ruven es un creativo incansable –me ha contado antes la diseñadora Olga Piedrahita–. Requiere de equipos que lo respalden con puntualidad, capacidad de reacción creativa e improvisación. Me gusta su compromiso para enseñar a las nuevas generaciones y su capacidad de observación estética y emocional.

He presenciado sesiones en que Ruven Afanador fotografía a madres nukaks, hombres cocamas y líderes misak en sus asentamientos. Lugares donde el maquillaje corporal indígena hecho con semillas de jagua o achiote, así como las tablas de madera propias de los hogares en los resguardos, son los únicos elementos externos con los que cuenta el retratista para comprender y detener el instante. En el caso de Goyo, está la artista, el cielo encapotado sobre ella y detrás suyo una lona de circo cruzada de tirantes raídos. Ella mira inmóvil, de repente, ese túnel incierto de la cámara.

Al otro lado del artefacto, Ruven comienza un ritual: mueve su voluminoso cuerpo apoyándose ligeramente sobre sus pies; los tenis negros de puntera blanca de Rick Owens talla 46 se balancean. Al acercarse a la cantante le arregla el afro postizo que quintuplica el tamaño de su cabeza. Intercambian breves palabras. Alrededor, la gente hace silencio, sin que medie un solo gesto. Con el dedo índice señalando su propia quijada, Ruven indica un giro en la mirada de la artista. Ella obedece: con su frescura habitual levanta los párpados y devora el mundo con su luz negra. Luego dobla el cuerpo y abre los brazos reteniendo el cielo cuajado de nubes. Goyo comienza a cantar. ¿Quién se lo pidió? Pasa porque eso sucede cuando Ruven desaparece tras la cámara y comienza a obturar. Son, por un rato, una pareja de jaguares en alguna selva.

–En Mil besos fotografié a una gitana bastante mayor que no podía caminar y la hice bailar sentada. Ella me dijo emocionada que yo había sido su mejor espejo –me dice Ruven.

Ese episodio no pasó en vano. En 2011, Afanador presentó “Yo seré tu espejo” en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Era la segunda vez que Gloria Zea, directora de este espacio desde 1969 hasta 2016, lo invitaba a una exposición, y se trató de una retrospectiva de casi un centenar de retratos en blanco y negro, su sello. Sobre esas obsesiones propias, Ruven comenta:

–En un proyecto personal, tú te vuelves el cliente al que tienes que satisfacer, como en un encargo comercial. Es un reto similar. La diferencia es que tú asumes todo el costo. Todo se vuelve más difícil y exigente –aclara Ruven, al comparar el frenético ritmo que maneja atendiendo solicitudes para las principales revistas de moda y de actualidad del mundo anglosajón con sus proyectos personales: Torero(2001), Sombra (2004),Mil besos (2009),Ángel gitano (2012), la serie sobre Colombia que publica El Malpensante (2018-2019), e “Hijas del agua”(iniciada en 2017 y pendiente de ser convertida en un libro en coautoría con la artista colombiana Ana González).

 

La Minolta

 

–Nunca vi cómo hacía su trabajo un fotógrafo de moda, que era lo que yo soñaba ser de joven; por eso tuve que desarrollar mi propio sistema. Mucha gente lo encuentra diferente –dice Ruven al referirse a su método con ese caprichoso traductor instantáneo inglés-español que anida en su cabeza desde hace décadas–. Hoy en día, las personas que me ayudan ven cómo se hace todo, y lo ven tanto que a veces no lo ven –añade el fotógrafo, más introspectivo. Luego sonríe y sus gafas de montura rectangular ríen con él.

Sin embargo, sí tuvo un rito iniciático a través del cine. La imagen de Faye Dunaway, la actriz que interpretó en 1978 a la extraña fotógrafa de moda en Los ojos de Laura Mars, persigue a Ruven a pesar de las muchas películas que ha visto (desde la infancia, por cuenta de la profesora alemana de piano que lo animaba a no perderse la oferta de los teatros en Bucaramanga). Ruven vivía entonces en Harbor Springs, Michigan. En el largometraje de Irvin Kershner se muestran fotografías reales de Helmut Newton y se reproducen sesiones para editoriales de moda tal y como se producían en la época.

–Me impactó mucho la autenticidad de la película. Salí hipnotizado y me dije: “Esto es lo mío”. Ahí cambió todo.

Tenía 18 años. Atrás quedaron unos meses estudiando contabilidad, diseño gráfico y escultura. Se matricularía en fotografía, lo que emergió entonces como una posibilidad real para un Ruven joven y desorientado en Estados Unidos, el país donde resultó instalado desde los catorce años.

Su madre, Isabel, guarda una memoria minuciosa del evento:

–Me contó que necesitaba una cámara Minolta y nos fuimos con Enrique, mi esposo, y Ruven a buscarla. Costaba 500 dólares. Nosotros no contábamos con el dinero suficiente, pero pensé que si a él le gustaba bastante la fotografía, valía la pena tomar mi primera deuda grande con la tarjeta de crédito.

Esa Minolta existe todavía. Su hermana menor, Elizabeth, resultó la modelo de sus primeras fotografías, que su madre todavía conserva. Después de utilizarla por varios años  Ruven se la devolvió a su padre y desde entonces ha permanecido guardada en la casa familiar. A veces el artefacto japonés viaja, como el 5 de octubre de 2018 con ocasión de un conversatorio que compartimos durante el Festival Gabo que realiza la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Medellín. Ese día, la pequeña y rotunda cámara negra salió de su estuche para ser mostrada ante el público presente en el auditorio. Un breve ritual que le solicité a Ruven para explicar que la fama suele estar precedida de etapas arduas.

–Desde hace tiempo prefiero alquilar equipos en las ciudades donde llego a trabajar. Hay mucha oferta buena.

Este esquema flexible le permite adaptarse en cualquier circunstancia. A veces, simplemente lleva consigo una cámara Nikon que carga en su mochila color chocolate –tejida con lana de oveja por artesanos de la Sierra Nevada de Santa Marta–, de la que no se desprende nunca, ni siquiera cuando, internado en la espesura de alguna selva, un guía se ofrece a cargársela advirtiendo la cercanía de micos bandoleros. Y también está el celular con el que acostumbra a registrar su propio detrás de cámaras, aparato que lo acompaña a todas horas.

–La esencia de una gran imagen, así sea muy dusky (oscura) como la que produce un celular, es la iluminación natural o artificial. Debes sentirte cómodo con cualquiera de ellas como sucede con el color o el uso del blanco y negro; también con el sistema digital o el análogo. He aprendido a pasar de una a otra cosa sin sufrir, sin sentir que va a ser menos lo uno que lo otro –dice Ruven.

Sin embargo, el fotógrafo extraña el detalle con el que se trabajaba en el mundo análogo y lamenta cierta actitud que llama “el red carpetmental”, la valoración del trabajo profesional en proporción al número de seguidores en redes. 

–Hoy en día los clientes no entienden bien por qué escogen a un fotógrafo u otro. No les importa comprender las referencias profesionales ni las técnicas de las imágenes. Los mismos fotógrafos ignoran muchas veces el contexto del personaje que van a retratar. Ya no se toma en cuenta lo que opinan peluqueros y maquilladores.

Ruven ha cultivado desde niño esa curiosidad e inmersión en el proceso creativo que precede a una sesión fotográfica. Por ejemplo, cuando Marlene, su hermana mayor, se preparaba para celebrar sus quince, Ruven pidió acompañarla a la peluquería donde la arreglarían para la fiesta. Obviamente, después seguiría la consabida sesión a cargo del fotógrafo local.

–Eran los años sesenta y ella quería una moña curiosísima que la hacía ver como una señora. La moda era pintarse el pelo con espray de oro, plata o ambos tonos. Imagínate en ese calor de Bucaramanga, sin aire acondicionado y con esas moñas rígidas que duraban una semana. Me pareció bellísimo todo el ambiente y me intrigaba saber cómo se armaba ese peinado –cuenta entre carcajadas.

En esa época, dos estudios fotográficos, el Kodak y el Serrano (“este era el más fino”, dice Ruven), retrataban a las reinas de belleza en la ciudad de la familia Afanador. Sus fotos, en blanco y negro, quedaban exhibidas en las vitrinas. A Ruven se le iban los ojos detrás de las imágenes. Al mismo tiempo, su padre estaba a cargo de la Relojería Suiza, un local donde acudían sin cesar clientes de Bucaramanga para poner en sus manos los relojes de cuerda.

–Se dañaban a cada rato –recuerda Ruven.

Tiempo después, Isabel me diría:

–Hasta que llegaron los relojes de cuarzo y el negocio se fue acabando. 

Enrique Afanador se había entregado desde joven a otra decena más de oficios –pues desde muy temprano tuvo que asumir un rol paternal al quedar huérfano junto a sus numerosos hermanos–, además de ser fotógrafo aficionado. Murió en 2010.

Cuando Ruven era adolescente, su padre le contó de la peculiar oferta que un fotógrafo bumangués hacía a los transeúntes de una de las plazas principales de la ciudad: “Pasen, aquí le hacemos su sombra”. Para Ruven, la impresión fue mayúscula. Es una anécdota que entiendo cómo, décadas después, ha quedado adherida a él. Isabel cuenta también con un recuerdo a propósito de los inicios de su hijo:

–Con sus manos grandes, de dedos largos, lograba darles sombras a sus primeras fotos cuando las copiaba en el cuarto oscuro que tenía en casa. Empezó a saber mucho más que su maestro de esta técnica –me dice Isabel.

Finalizando la década de los ochenta, mientras estudiaba fotografía en la Universidad de Andrews (Michigan, Estados Unidos), Ruven hizo su primera exposición con retratos en blanco y negro de los estudiantes de su campus. La bautizó intuitivamente “Shadows”. Según Isabel:

–Ruven puso un buzón para que la gente le dejara comentarios sobre este trabajo. Él había hecho sus tarjetas de invitación ayudándose con lo que sabía de sus anteriores estudios de diseño gráfico.

En 2004, cuando Ruven publicó su segundo libro, el título porta el sustantivo que se ya se había convertido en un liquen sobre sus raíces:Sombra

–Creo en los círculos –afirma Ruven, quien adivina una suerte de secuencia tan invisible como necesaria en sus actos. Un tic-tac que parece marcar su existencia de manera ordenada y precisa.

 

Isabel y Edward

 

–Ruven fue un niño muy diferente a los demás –dice Isabel, la nonagenaria y perspicaz madre de Ruven, aludiendo a sus primeras heterodoxias–. Como yo era profesora, tenía la oportunidad de compararlo intelectual y socialmente con otros niños. Desde pequeñito, con cuatro o cinco años, no le gustaba jugar con el balón ni con el trompo, sino al teatro: sacaba las sábanas y montaba un escenario. Buscaba audiencia entre las hermanas en casa y también en la iglesia, representando a Adán y a Eva, personajes que le eran familiares. También le fascinaban las reinas de belleza y quería saber todo sobre ellas, ir a verlas a los desfiles, conocerlas a través de periódicos y la radio –cuenta ella, recordando los tiempos en que era directora del Colegio Libertad en Bucaramanga.

Isabel interactúa con su hijo desde su cuenta @dulcearrayan en Instagram y recibe la visita de Ruven cada dos o tres semanas en el hogar familiar creado hace décadas en Maryland, Estados Unidos, si bien él continúa viviendo en Nueva York. Isabel es el pivote de las férreas relaciones que Ruven construye con numerosas mujeres en varios países. A ella le relata en detalle sus incesantes viajes y de ella recibe a cambio horas de conversación.

–Ah, y también la sopa de patacón que le preparo, su favorita de siempre –dice riendo Isabel.

Nada más abrir el tercer libro del fotógrafo, uno se encuentra con esta nota: “Dedico Mil besosa mi madre, Isabel Peña de Afanador”. Hace algunos años, en una entrevista para Semana, Ruven habló sobre sus intenciones en ese proyecto: “En una época en que la moda no celebra la gordura ni la edad quise mostrar la pasión y la fuerza escénica de la feminidad de estas mujeres... Su sensualidad sigue intacta aunque tengan 80 o 90 años”. El mismo artículo reproduce palabras del padre de Ruven: “A excepción de Isabel, el libro tiene la ventaja de que todas las damas que aparecen son feas, y para ver la belleza hay que mirarlas de dentro hacia fuera... ¡Y resultan qué mujeres tan hermosas! Es muy difícil para un fotógrafo captar la alegría, la energía, cómo se va a hacer si no es algo tangible. Pero uno las puede sentir”.

El hogar cristiano que los Afanador crearon en Estados Unidos incluyó un espacio geriátrico en el que Isabel obtenía sus ingresos atendiendo a ancianos solitarios. Cuando me lo cuenta con su voz cristalina y alegre, calibro la amplitud vital de esta madre que hubo de multiplicarse para atender bajo un mismo techo a su propia familia y a unos extraños necesitados. 

–Esos dólares se iban en la casa, pero Enrique y yo siempre tuvimos como objetivo darle buena educación a nuestros hijos –dice Isabel–. Ruven era adolescente cuando llegamos acá. En un año logró aprender inglés e hizo muchas amigas que venían a casa. Yo me preguntaba “¿por qué tantas muchachas en lugar de muchachos?”. Eso pasó en el colegio y luego en la universidad. Como era tan tímido no contaba casi nada. Yo no sabía qué le estaba sucediendo. Como madre sí sabía que algo estaba pasando pero no sabía bien cómo preguntarle. Eran casi todas latinas. Él me contaba algunas cosas sobre ellas. Yo le preguntaba cuál era su novia. Ruven se vestía diferente, me pedía que le hiciera ropa: camisas con una manga de rayas horizontales y la otra con rayas verticales, pantalones anchos... Ya tenía 18 años. Él hablaba mucho por teléfono con un compañero. Empezó a ponerse sombras en los ojos. Yo no era capaz, como madre, de aceptar y enfrentar esto. Pero bueno, más tarde me di cuenta de toda su capacidad.

En junio de 2019, Ruven cumple quince años de relación con Edward Bess. El mismo hombre que complementa –con comentarios incisivos y extroversión– su forma de ser y quien le dio el título para uno de sus libros, tomado de la canción mexicana “Mil besos” en la interpretación de Patty Griffin:

 

Yo sé que en los mil besos

Que te he dado en la boca

Se me fue el corazón;

Y dicen que es pecado

Querer como te quiero,

Quizás tengan razón.

 

En plena era del #MeToo,hallo relevante preguntarle a Ruven cómo fue recibida esta historia de amor que surgió a partir de una sesión de fotos en la que Afanador retuvo definitivamente –y no solo en forma de retrato, claro– la belleza perturbadora que emana desde la personalidad y el cuerpo de Edward (entonces un joven menor de edad). “Cristo Jesús”, lo llamaron las mujeres misak en el pueblo de Silvia, Cauca, cuando en 2018 vieron aparecer a este hombre de piel nívea, ojos almendrados y una melena que lo cubre tan seductoramente como al Cristo de los gitanos. Cuando hoy en día tantos artistas son juzgados en retrospectiva por esta clase de relaciones que surgen de sus actividades profesionales, “relaciones de poder” y aproximaciones a jóvenes a los que doblan en edad, Afanador responde:

            –A este movimiento de protesta le falta considerar los matices. Se presenta solo en blanco y negro, sin posibilidad de considerar situaciones que no tienen por qué ser abusivas –dice Ruven, sin duda un especialista en la escala de grises.

 

Manualidades

 

Each page is like a script that speaks without words but with images that evoke, provoke, and barriers of time, culture and curiosity.John Galliano[ii]

 

Durante el segundo mandato presidencial de Juan Manuel Santos (2014-2018), la primera dama María Clemencia Rodríguez, conocida como “Tutina”, resolvió promover tanto la moda colombiana como la rica tradición artesanal del país. Por intermedio de ella, Ruven Afanador y Ana González se conocieron. Los viajes que hicieron a distintas regiones del país fueron dando paso a una idea de trabajo colaborativo entre el fotógrafo y la artista plástica: “Hijas del agua”, el primer proyecto personal que Ruven desarrolla en colaboración. De Tutina también fue la idea de realizar una exhibición, en el Museo Santa Clara de Bogotá, de 25 de esos retratos, en los que aparecen mujeres pertenecientes a cuatro etnias indígenas. Son fotografías en blanco y negro, impresas en tela, intervenidas con bordados, dibujos y escritura.

Unas horas antes de la apertura de la exposición, un jueves de junio de 2018, fuimos a almorzar de manera celebratoria en un restaurante de La Candelaria, con Tutina, Ruven, Ana González, Ana María Fríes –gerente de Artesanías de Colombia– y un grupo de colaboradores de la primera dama. Hasta el presidente Santos apareció en los postres y una Goyo arrolladora cantó a capela. De repente, Ruven depositó una caja diminuta ante Tutina. Sin anuncios ni palabras. Ella la abrió: contenía un libro todavía más pequeño, un álbum fotográfico que recordaba las visitas realizadas a las comunidades indígenas de Chocó, Cauca, Magdalena y La Guajira. Era uno de los regalos que acostumbra hacer Ruven y que siempre sorprenden por su relación inversamente proporcional entre tamaño y significado; detalles que elabora con sus propias manos la mayoría de las veces.

–Lógicamente, fotografiar a Tutina en la Casa de Nariño tuvo un significado mucho más importante para mí que el encargo que recibí de retratar a Michelle y Barack Obama en la Casa Blanca. Fue otra manera de regresar a mi país. Los dos venimos de familias santandereanas –dice Ruven a modo de guiño.

Años atrás, a Lenny Kravitz también le tomó por asalto la destreza de Ruven en este asunto de las manualidades. Corría el 2000, y después de retratarlo desnudo para un portafolio especial ya antológico de la revista RollingStone–en una de cuyas fotos el cantante accedió a posar sentado sobre un cubo forrado en piel color beige–, la afinidad entre los dos quedó establecida. 

–Es raro que me pase eso. Soy hermético, bastante. No suelo intimar con las celebridades. Para mí es una tortura tener que compartir cenas y otros momentos así durante las sesiones de fotografía. Prefiero retirarme a mi habitación o salir a caminar con alguien para hablar de otras cosas –comenta Ruven. Una necesidad similar a la de su admirado Richard Avedon.

Kravitz volvió a acudir a Ruven para filmar el video de “Rock and Roll is Dead” (1995), el único que ha hecho hasta ahora de esa envergadura.

–Yo no tenía idea de cómo hacer eso, pero él me insistió y convenció a su disquera. Me senté a trabajar con mi equipo y acabé por armar un libro grande que se desplegaba como un acordeón, donde narraba el guion de este video. Creo que nunca les habían presentado un proyecto de esta manera. A Lenny enseguida le entusiasmó, y aunque tuve que responder a algunas preguntas difíciles de los ejecutivos de Virgin Records, el proyecto quedó aprobado.

Ruven siempre une puntos –proyectos anteriores, conocidos talentosos– y el resultado de sus trabajos es un tejido complejo, ferozmente concebido en lo técnico y lo estético. En aquel video involucró prendas metálicas de Thierry Mugler (a quien le había hecho previamente un reportaje fotográfico tras escena de su reciente desfile en París) y el trabajo del bailarín colombiano Álvaro Restrepo.

 

Cartografìa propia

 

My image of Ruven has not changed. But Ruven changed me. Ruven is flame colored in black and white.Diane Keaton[iii]

 

Isabel me cuenta:

–En la secundaria, Ruven cambió la bde su nombre por la v, porque dijo: “Rubén suena fuerte y Ruven suena suave, eso me gusta más”. Como santandereana sé lo difícil que es hablar más pasito porque acostumbramos a hablar golpeado. Después de enfermarse de fiebre reumática a los diez años... casi se nos va –dice con un suspiro–,  comenzó a cambiar esa forma de hablar. A Ruven no le gusta que le hablen duro. Yo soy la que no sé hablar más suave. Le tenía a Ruven el nombre de Juan José cuando nació, pero una amiga mía fue a visitarme al hospital y me propuso un nombre de poeta para mi hijo: Rubén Darío, el nicaragüense. Rubén era además uno de los hijos de Jacob en la Biblia. Como me gustaban la poesía y la religión, acepté inmediatamente.

A principios de los noventa, Ruven resolvió retornar a Colombia. Acababa de realizar una controvertida portada para Time sobre la eutanasia (“The Right to Die”, anunciaba la revista) y una llamada de Caracol Radio, que se proponía hacerle una entrevista, le sacudió profundamente. Se sintió lejos del país. Tenía 32 años, y una trayectoria con la que ya había ido armando un mapa personal. A partir de entonces, ríos caudalosos, petroglifos, fisonomías múltiples, cordilleras insalvables por tierra, bailes celebratorios en resguardos, totumas con bebidas fermentadas, desiertos y bandadas de flamencos rosados se intercalarían con núcleos urbanos y personas anónimas que le brindan puntos de contacto para su particular sistema de comprensión del país donde nació.

–¿Te das cuenta que estamos a solo un vuelo de 52 minutos de distancia desde Bogotá? –me dice Ruven en un taxi donde a duras penas acomoda sus 188 centímetros de estatura. Una envergadura, la de él, que me recuerda a la del gigante bondadoso de Roald Dahl.

Es febrero de 2019. Hemos llegado a San José del Guaviare y el sopor de una de las capitales más jóvenes de Colombia aturde. Creo que compartimos en silencio la sensación incómoda de sabernos tan cerca de lo desconocido y entender que si no hubiéramos tomado la decisión personal de venir hasta acá simplemente nos habríamos negado la posibilidad –como ciudadanos de un país complejo– de aceptarnos en medio de las diferencias.

Entonces Ruven dice:

–Cuando me gradué de la universidad estaba completamente desubicado. Creo que esa es una de las razones por las que he querido enseñar en Colombia. Aquí siento que se ilumina algo diferente entre los alumnos y yo. Aprendo mucho en estos procesos y supongo que así no vayan a convertirse en fotógrafos se van a quedar con algo importante. Sería raro que no compartiera lo que he aprendido en estos años, ¿no?

A lo mejor por eso se empeña en que los asistentes a sus talleres conozcan los autorretratos de varios de sus fotógrafos de referencia: Andy Warhol, Richard Avedon, Robert Mapplethorpe y Claude Cahun.

–La idea es que a través de esos autorretratos profundicen en la carrera de cada uno de esos fotógrafos. Además es una tarea necesaria para los estudiantes si vas a retratar a otras personas, antes te tienes que someter tú mismo al proceso. 

 

Rocio Arias Hofman (Madrid, 1970). Vive en Colombia desde 1994.

Politóloga y periodista. Es consultora de la industria de la moda, especializada en sostenibilidad y tradición artesanal. Su trayectoria corporativa incluye el Canal RCN, Caracol Radio y Publicaciones Semana. En 2012 creó la compañía SillaVerdedesde donde investiga, escribe y crea contenidos sobre protagonistas, procesos técnicos y creativos, así como modelos de negocio del sistema moda. Ha publicado también sus textos en Diners,Vogue (Latinoamérica),Fucsia yEl Espectador.

 

 



[i]The more I looked the longer I stared. The longer I stared the more I followed. The more I followed the less I judged… For me, Ruven Afanador opened a door marked “Do not enter”. Diane Keaton, prólogo de Ángel gitano

 

[ii]Each page is like a script that speaks without words but with images that evoke, provoke, and barriers of time, culture and curiosity.John Galliano

 

[iii]My image of Ruven has not changed. But Ruven changed me. Ruven is flame colored in black and white.Diane Keaton

 

Noviembre

11

2019

Calendario MODA EN COLOMBIA

IFLS + ACICAM (Bogotá): 13 al 15 de AGOSTO

GALA MAMBO (Bogotá): 14 de SEPTIEMBRE

BCAPITAL (Bogotá): 17 y 18 de OCTUBRE

LATIN AMERICAN FASHION SUMMIT (Cartagena): 12 al 16 de NOVIEMBRE

MODA VIVA EN EXPOARTESANÍAS (Boogtá): 5 al 18 de DICIEMBRE

La Vida Animada Moda 360
La Vida Animada
chanel
Elogio de la lectura

Sección dedicada a las reseñas de libros cuyos autores tratan asuntos directamente relacionados con la industria de la moda o temas que resultan seductores abordajes a propósito de la estética, la indumentaria y su efecto social, económico, ambiental y político. Leemos con pulcritud y reseñamos obras de variados géneros. Ficción y no ficción cuentan con este espacio en SillaVerde.

La última de las mujeres elegantes -decía- fue Forzane, que inventó una nueva silueta femenina con poses que parecían de un canguro . ¿Recuerdan sus mañanas en la avenida del Bois con su inmensa sombrilla? Podía haber sido abocetada con la línea de una elipse. Después de ella ya no ha habido nadie más. En El Espejo de la Moda de Cecil Beaton (Editorial Vergara).

"Reparó en la presencia de su madre cuando esta lanzó un suspiro quejumbroso. Estaba muy erguida bajo aquel sombrero que llevaba como una bandera de su imaginaria dignidad. Julian tuvo el perverso impulso de quebrantar su entereza." En Cuentos Completos, Todo lo que asciende tiene que converger de Flannery O' Connor. (Editorial Debolsillo)

Bitácora de citas...
e-mail
SillaVerde

Esta compañía tiene su sede en Bogotá -"la ciudad asentada sobre una silla verde"- tal como alude el escritor Germán Arciniégas a las montañas orientales que la resguardan.

ROCIO ARIAS HOFMAN es politóloga y periodista en radio, prensa, televisión y medios digitales. Nace en Madrid y vive en Colombia desde 1994. SillaVerde cuenta con un equipo de jóvenes investigadoras -Verónica Santamaría y Verona Ramírez- afines al diseño sostenible, a la lectura y al marketing digital.

Consultora del Programa de Moda y Joyería de Artesanías de Colombia desde 2015 y del proyecto MODA VIVA.

Dirige el ciclo de debates MODA 360 de la Cámara de Comercio de Bogotá (2015-2019) y la franja de conocimiento de Bogotá Fashion Week (2018 y 2019).

2012: forma sentadaensusillaverde.com 

Un medio de comunicación especializado en la investigación de procesos creativos, técnicos y modelos de negocio de la industria de la moda.

Es colaboradora de El Espectador, El Malpensante, Fucsia, Diners y Vogue Latinoamérica.

Participa en conversaciones, foros y actividades académicas. Jurado de premios y convocatorias de la industria de la moda.

2016: funda la compañía SILLAVERDE SAS y la agencia Relatos a fuego lento para concebir e impulsar proyectos de moda con énfasis en sostenibilidad y en tradición artesanal.

2017: estreno de la serie audiovisual LA VIDA ANIMADA en Youtube en alianza con Expor Mannequins.

2018: inicia la primera temporada del podcast TALKING CLOSET en alianza con Akorde.

 

RASGOS de SillaVerde

Ofrecemos contenidos editoriales sobre la industria de la moda especializados en:

* SOSTENIBILIDAD

* TRADICIÓN ARTESANAL

Elegimos trabajar en conjunto con el sector público y privado en Colombia. Contribuimos a fortalecer alianzas y a diseñar oportunidades de negocio con un sentido social, ético y productivo. 

pinzas

CRECER EN REPUTACIÓN

pinzas

TENDER PUENTES ENTRE PERSONAS Y SECTORES

pinzas

CONTENIDOS ORIGINALES

pinzas

INFORMACIÓN, ANÁLISIS Y CONOCIMIENTO

pinzas

PRODUCIR CON SENTIDO

pinzas

MODA CON PERSONALIDAD

pinzas

PENSAR GLOBAL, ACTUAR LOCAL